Viajar es una buena forma de
explorarse a sí mismo, experimentar imágenes, sabores, aromas y sensaciones
distintas a las que usualmente estamos acostumbrados nos invita en cierto modo
a despertar. Claramente lo primero que percatamos son los mapas y circuitos,
los puntos de interés turísticos, los alojamientos, restaurantes y tener lindas
fotografías; pero superada esa primera instancia del turista relajado, en cada
viaje se esconde un manantial de posibilidades de descubrir eso que es obvio
pero que por lo general olvidamos: el universo está repleto de lo distinto a
mí; por lo que todo lo que soy, lo que veo a diario, las sensaciones que
experimento y las personas que frecuento, todo lo que siento naturalmente mío no
es más que una diminuta parte de todo lo que es, fue y será. Viajar es una gran
manera de poner las cosas y nuestra propia vida en perspectiva.

Una muestra de esta preocupación
por la cultura es el programa desarrollado por la secretaria de turismo “Pueblos
Mágicos”, donde con el fin de proteger la riqueza cultural de la región e
impulsar el turismo interno, se otorgan diversos beneficios a aquellos poblados
que mantengan la arquitectura, costumbres, gastronomía y tradiciones de su
patrimonio histórico-cultural. Así es como llegamos a Guanajuato, tras una
cálida y efusiva bienvenida de nuestros amigos mexicanos: Acintli, Ricardo y la
tierna Yolotzin.

Algunos de los lugares que se
pueden visitar son el “Callejón del Beso”, callejón de 68cm de ancho cuya
leyenda cuenta que una pareja se dio su último beso de balcón a balcón antes de
morir por una daga. El “Mercado de Hidalgo”, originalmente pensado como la estación
de ferrocarril este edificio se convirtió en un magnifico mercado donde se
pueden encontrar desde frutas, verduras y todo tipo de comestibles hasta ropa y
artesanías. Los templos de San Cayetano y De la Compañía de Jesús entre otros.
La “Plaza de la Paz” corazón de la ciudad y excelente postal que resume la
esencia de este pueblo. El Teatro Juárez y su imponente arquitectura. Guanajuato es un sorprenderse a cada paso, es
para caminar y recorrer lentamente, es una mezcla de viaje nostálgico al pasado
pero llamativamente a la vez de una fresca alegría, la música en vivo es una
constante que te acompaña en cada recoveco y hace el perfecto escenario para el
desfile de familiares y amigos, vestidos todos de gala, que acompañan a los
novios camino a su boda, que por supuesto es como presenciar un ritual de
película. Para los que no deseen caminar, existe un pintoresco recorrido en bus
que no solo pasa por los puntos neurálgicos de la ciudad sino que también
recorre algunos de los túneles subterráneos. Si queres tener las mejores fotos
de la ciudad deberás ir a visitar el monumento a El Pípila, punto panorámico
por excelencia; utilizando como medio de transporte para llegar el Funicular,
una especie de ascensor pero sujeto a una vía, que hará de la subida por esas
calles tan inclinadas un verdadero placer.
Después de tanta caminata, no hay
nada mejor, que sentarse en uno de sus bares para refrescarse con una cerveza
artesanal, y para los más valientes que no le temen al picante, porque no una
“michelada”: una bebida típica de este país a base de cerveza, jugo de limón,
sal y obviamente salsas picantes. (En
otro momento hablaremos de la relación entre los mexicanos y el picante,
sinceramente es algo que aun hoy me sigue sorprendiendo, y obviamente mi delicado
hígado argento no pudo asimilar). Acintli nos dio nuestro primer sorbo de
mezcal, una especie de tequila pero que se produce 100% de manera artesanal, lo
que hace de su sabor algo incomparable para los entendidos.
