Existe una relación entre los
seres humanos y el ambiente en el que viven. Es curioso cómo nos vamos
mimetizando con las cosas con las que estamos conectados a diario a tal punto
que llegamos a convencernos de que somos eso que experimentamos en el día a día. Mi verdad, al menos la que hasta ahora descubrí,
es que no somos de una única forma, sino que solemos mutar algunos aspectos de
acuerdo al lugar y personas con las que nos relacionemos; nuestra esencia es la
misma, claro está, pero de alguna forma nos vamos adaptando como un medio de
subsistencia. Por eso, si esta en tus posibilidades, procura rodearte lo más
que puedas de gente buena, sabia, pacifica, intensa, que valora más alegría que
el drama, la ira o la queja; algún día observaras que en tus reacciones, como
por osmosis, fuiste absorbiendo algo de ellas.

El Mburucuyá es un arbusto
trepador que da una bella flor conocida también como pasionaria. Esta flor tan
singular, se cierra como si se marchitara al ponerse el sol, y se abre cobrando
su brillo natural cuando amanece; no solo es extravagante sino que está relacionada
a muchísimas leyendas, una de ellas cuenta que los jesuitas identificaban esta
flor con los atributos de la pasión cristiana: la corona de espinas, los tres
clavos, las cinco llagas y las cuerdas con que ataron al Jesús en el Calvario,
y en los rojos e irregulares frutos, los religiosos creyeron ver las gotas
coaguladas de la sangre de Cristo. Tal vez sea por esas ideas que fueron
nutriendo los jesuitas que caminar por la plaza del pueblo de Mburucuyá, al
noroeste de la provincia de Corrientes, es una muestra clara de lo importante
del culto religioso para las personas que allí habitan. Durante los dos días
que allí estuvimos creo haber escuchado las campanas de llamado a misa casi cada
hora de manera ininterrumpida; de esas campanadas y las naranjas que brotan en
una abundancia descomunal a tal punto de ser su destino pudrirse en el suelo,
jamás me voy a olvidar.

Y como símbolo de este ambiente
exuberante pero a la vez tradicional se encuentra a poco kilómetros el Parque
Nacional Mburucuyá. Originariamente tierras del abogado y apasionado naturalista
danés, Troels Pedersen, quien dono estas tierras a la nación con el fin de su
protección debido a su alta biodiversidad en donde se da la confluencia de tres
regiones: la chaqueña, el espinal y la selva paranaense.

Llama la atención en este parque
la gran cantidad de lagunas circulares que posee, típicas de esta zona del
país, y que junto a esteros y cañadas, constituyen una abundante oferta de
ambientes acuáticos. Junto a ellas, hermosos pastizales naturales con palmares
de yatay (Butia yatay), representante del espinal, cuya distribución original
se ha reducido drásticamente debido a la expansión de la frontera agrícola. El
parque además posee mogotes boscosos (isletas de monte en medio del pastizal)
con especies paranaenses como el lapacho, el timbó, el laurel o la palmera
pindó. Pero también hay bosques chaqueños con quebrachos colorados, chaqueño y
blanco, urunday y viraró.

La fauna es abundante y de fácil
observación. Carpinchos, zorros de monte, corzuelas, yacarés, aguará popé son
algunos de los más vistos. Pero en el Parque también viven otros más difíciles
de ver, amenazados de extinción como el aguará guazú o el ciervo de los pantanos.

Las aves, también abundantes,
especialmente las propias de ambientes acuáticos. También hay amenazadas aves
de pastizal como el yetapá de collar o la monjita dominicana. Entre sus rarezas
se destaca la presencia del pez pulmonado Lepidosiren paradoxa, que posee una
adaptación muy poco común para un pez, la respiración aérea, que le permite
sobrevivir a períodos de sequía. Y como endemismo de la región la presencia de
la ranita de Pedersen (Argenteohyla siemersi pederseni) que habita en los
bosques de tipo xerófilo del parque.
El parque cuenta con una muy
buena infraestructura, manteniendo sus edificios originarios de estancia con
aire colonial; cuenta con un campamento agreste, dotado de agua potable,
mesadas, fogones y sanitarios y durante
su visita se pueden recorrer:
· - Casco de la Estancia Santa Teresa.
· - Sendero Pedestre Che Roga (1,5 km; autoguiado
con cartelería), donde pueden observarse diversos arboles distribuidos en forma
de galería con unas raíces y formas bastante caprichosas.
· - Sendero Pedestre Yatay (6 km). tiene su ingreso
a un poco más desde el cartel de entrada o bienvenida al Parque, y a traves de
este recorrido de aproximadamente 2 horas entre ida y vuelta, puede observarse
grandes extensiones de bosques de Yatay y hormigueros de la altura de seres
humanos.
· - Estero de Santa Lucía, se encuentra al final del
sendero Yatay y es un regalo y premio al esfuerzo de la caminada brindando unas
bellísimas vistas y sobre todo un deleite para las oídos entre tantos sonidos
que da la naturaleza.